sábado, 12 de fevereiro de 2011

Almas libres


Almas libres

Por el Dr. H. Spencer Lewis, F.R.C.

Ocasionalmente recibimos una carta de alguien diciendo que ha decidido abandonar cualquier sistema de enseñanza, cualquier libro  de orientación, o dejar de per­tenecer a cualquier organización que ofrezca enseñar el camino de la felicidad. Estas per­sonas, invariablemente incluyen en su argu­mento la gastada y poco razonable frase de que desean ser "almas libres".

Recuerdo que en mi juventud acostumbraba a oír a algunos oradores callejeros que hablaban al medio día y a las cinco y media de la tarde al este de Madison Square Park, en Nueva York. Creo que todo parque grande de los Estados Unidos ha tenido su era de oradores callejeros. Parece que llega una época en la vida de la mayoría de los hombres y de al­gunas mujeres en que tienen que dejar escapar el oleaje de vapor que se ha formado dentro de ellos, acerca de una ardiente teoría o postulado, pues si no, explotarían. 

No me extraña que algunos periódicos llamen su columna  de cartas "La Válvula de Escape", pues proporciona un orificio de salida a aquéllos que tienen que expresarse en público antes que suceda algo más serio. Estas piezas oratorias callejeras han servido a muchos como válvula de escape.

El tema principal de esos oradores parece que se divide en dos clases: los que agitaban para libertarse del capitalismo y los que agitaban para que nos libertáramos de las religiones ortodoxas. La última clase me in­teresaba grandemente. Cuando oía a uno de esos oradores tronando en pro de sus razones, de por qué el hombre debe libertarse de la esclavitud de las influencias de las doctrinas religiosas, por qué debe huir de las cadenas de la creencia en un dios, y por qué debe el hombre sentirse el amo de su vida y el gobernante del mundo; porque esto le dará mayor libertad, felicidad, alegría, paz y éxito. Acostumbraba yo salir de la muchedumbre y acercarme al orador con el objeto de calibrarlo.

Cuando estudiaba su sombrero raído, el cuello grasiento, las pobrísimas ropas, los pantalones deshilachados, los zapatos rotos, y el rostro sin afeitar, con su mirada cruel, intranquila y espantada; cuando veía cuán verdaderamente miserable era esa criatura, no podía dejar de pensar si la libertad por la cual abogaba valdría la pena, ya que él era un ejemplo de los beneficios derivados de esa libertad. La mayoría de los del auditorio, que estaban esclavizados por las horribles cosas que describía y que se suponía que eran infelices y miserables en todos aspectos, estaban mejor vestidos que él y lucían más contentos y mucho más inspirados que el orador.

Hasta el que deseaba libertarse de la in­fluencia del capitalismo y que decía que se había libertado de tales influencias desde hacía muchos años, parecía como que se había libertado de todo en la vida, especialmente de las buenas cosas que ésta ofrece. He hablado con muchos de esos buscadores de la libertad del alma o libertad de sí mismos, y siempre los he encontrado inquietos, buscando aquí y allá, sin saber ni siquiera a dónde van, si es que quieren ir.

Esas personas me hacen recordar un corcho que se saca de una botella, donde estaba esclavizado o limitado dentro de ciertos lazos, y de repente lo lanzan a la super­ficie de un gran océano. Es seguro que nadie podría querer mayor libertad que ésta.  Se movería de arriba a abajo, iría acá y allá, según lo empujaran las olas o el viento.

Si el corcho tiene alguna fuerza de voluntad, no puede ejercerla, porque esto será una limitación de la libertad. Solamente flota. Durante una hora se mueve rápidamente hacia el norte, y luego, sin ninguna razón, excepto que el viento cambia su curso, velozmente se mueve hacia el este.

Parece siempre como si fuera a alguna parte, pero sabemos que no es así y que puede pasar un año o cien años en el mar abierto, empujado y abatido, tropezando con grandes buques, mordido por los peces y, final­mente barrido hacia una playa desierta donde muere de soledad, ignorado y desconocido. Mientras está en el agua no está sirviendo a ningún propósito útil, no está haciendo bien a nadie, no está cumpliendo ninguna misión y no tiene absolutamente ningún valor. Es cierto que se puede consolar constantemente con el pensamiento de que es absolutamente "libre".

Cadenas

Es un hecho resaltante que aquéllos que son más felices y que tienen éxito pertenecen a algo o a alguien. La asociación y la compañía son requisitos fundamentales para el éxito en la vida. Desde el momento en que uno trata de separarse de los dictados Cósmicos, del entonamiento  Cósmico,  de  la  inspiración espiritual y de la asociación humana, ya no es más un ser humano, sino un lodo de elementos terrestres desarrollando una fuerza de voluntad pervertida.

No es la libertad lo esencial a nuestro bienestar, a excepción de la libertad de la voz de nuestra conciencia. Es mucho mejor estar encadenado y encerrado entre los hierros de una celda de una prisión, a estar como los corchos flotando en el mar de la vida. El contacto con los humanos, aún del tipo más bajo que se encuentra en las prisiones, nos enseñará valiosas lecciones y nos ayudará a desarrollarnos y prepararnos para otra encarna­ción. La completa libertad aún de tales bene­ficios, no produce nada para lo que requiere la evolución.

Asociémonos con aquéllos que tienen altos ideales, con aquéllos que están luchando hacia lo alto, y extendiendo la mano a los que están más abajo y que también están luchando. Formemos parte de la hermandad humana y hagamos nuestra pequeña parte para animar a todo el resto en la gran batalla.

Pongámonos en entonamiento Cósmico y mundano con todas las actividades del universo, de modo que podamos simpatizar con todos los seres vivientes, comprender sus problemas y ser uno de ellos en el desarrollo de la maestría propia. Pero, recordemos que la maestría no brinda aislamiento y separación en su despertar, sino asociación y compañía, y que el maestro más grande entre los seres vivientes es el que los sirve mejor, el que los ama más y el que es una parte de ellos.

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